Hay gente que ya renunció a su empleo pero sigue en la nómina.
Hay gente que ya renunció a su empleo pero sigue en la nómina.
Se trata de una renuncia mental.
Están ahí físicamente, cobrando cada quincena pero mental y emocionalmente ya se desconectaron del negocio hace rato. El detalle es que ellos mismos ni siquiera lo etiquetan así. No dicen “ya renuncié en mi cabeza”, solo se sienten aburridos, desanimados, abrumados, resentidos.
Y no es que el trabajo se haya puesto de repente exigente, todos los trabajos lo son en cierto grado. Esto pasa cuando la chamba deja de tener algún tipo de significado. Cuando el día a día pierde ese “algo” que hace que levantarte y llegar a la oficina -o al Zoom- se sienta como algo que vale la pena. Claro, también renuncian cuando la paga no les alcanza, pero eso es la excusa fácil. Pagar más no resuelve el fondo del asunto.
Hay gente que llega con la carta de renuncia metafórica desde el primer día. Leí alguna vez un artículo en una de estas revistas de negocios que venden en el supermercado y que te recomiendo no leer, sobre cómo resolver este asunto del quiet quitting (o las renuncias mentales, como yo les llamo para sentirme original) y proponía lo de siempre, sistemas de detección temprana de burnout, retroalimentación constante, reconocimiento de la labor y un montón de recomendaciones genéricas con la única intención de sacar un artículo. Asumiendo que algo de eso funcione, lo que más bien me pregunto es si todo esto es única y exclusivamente culpa tuya como líder. ¿Acaso tienes la responsabilidad unilateral de resolverlo? El colaborador también es liable en algún nivel. Me gusta más ese término en inglés de “liable”, que el de responsable.
Los humanos somos co-creadores de nuestras circunstancias.
No todo es el sistema, el jefe o la empresa. Como colaborador, ¿no sería mejor que tuvieras el compromiso de entrada de ser abierto respecto a tus disonancias? ¿de decir algo antes de que se convierta en resentimiento? ¿de no culpar al jefe con la excusa de que “es que nunca nos hace caso“? ¿de no contagiar a los demás con tu negatividad? ¿de tener ownership real de tu propia carrera, en vez de quedarte ahí flotando en el limbo esperando a que alguien te rescate?
Tal vez desde tu oficina en el segundo piso y con otro estado de consciencia te lleves un poco más de la carga de responsabilidad. Es lógico, tú ves el panorama completo, tú defines la visión, tú tienes el poder de cambiar cosas. Pero no tomes más de la cuenta. No diriges un kínder, donde todo el mundo necesita que le cambies el pañal emocional cada quince minutos.
A veces, simplemente toca formalizar esa carta de renuncia, sin jueguitos ridículos, como el bucle interminable de “no me voy hasta que me despidan para que me den liquidación” versus “no lo corro hasta que renuncie para darle finiquito”.
Déjate de teatros. Esa toxicidad drena tu energía.
Tu negocio merece más audacia de tu parte.
Haz lo que tengas que hacer para tener un equipo que realmente pueda ver y conectar con tu visión.//
Yuban.


